jueves, 9 de julio de 2015

sábado, 25 de abril de 2015


DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Capítulo 5: Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que en efecto no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros, y trájole su cólera a la memoria aquel de Baldovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montaña... historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de viejos, y con todo esto no más verdadera que los milagros de Mahona. Esta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra, y a decir con debilitado aliento lo mismo que dicen decía el herido caballero del bosque:

¿Dónde estáis, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.

Y de esta manera fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen:

Oh noble marquás de Mantua,
mi tío y señor Carnal.

Y quiso la suerte que cuando llegó a este verso acertó a pasar por allí un labrador de su mismo lugar, y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua su tío, y así no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la misma manera que el romance lo canta. El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates, y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro que lo tenía lleno de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo: señor Quijada (que así se debía de llamar cuando él tenía juicio, y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante) ¿quién ha puesto a vuestra merced de esta suerte? Pero él, seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vió sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las armas hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que Don Quijote decía; y no menos iba Don Quijote, que de puro molido y quebrantado no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiro que los ponía en el cielo, de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Baldovinos, se acordó del moro Abindarráez cuando el alcaide de Antequera Rodrigo de Narváez le prendió, y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que cuando el labrador le volvió a preguntar cómo estaba y qué sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la historia en la Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose de ella tan de propósito que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábase priesa a llegar al pueblo, por excusar el enfado que Don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual dijo; sepa vuestra merced, señor Don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa, que he dicho, es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean, ni verán en el mundo. A esto respondió el labrador: mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí! que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Baldominos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijada; yo sé quien soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías.






don Quijote no sabe qué hacer, pero entonces se acuerda de un episodio parecido en una novela de caballerías y comienza a revolcarse en la tierra y recitar los mismos versos que dice un protagonista de la dicha escena.
Mientras tanto, pasa un labrador que es un vecino suyo, pero don Quijote lo confunde con un personaje de un libro , y sigue con su romance.
Su vecino lo reconoce como el señor Quijana y le quita la armadura para ver si está herido. Lo levanta y lo lleva al pueblo. Por todos los disparates que don Quijote sigue diciendo, comienza a sospechar que ha perdido el juicio y trata de corregirle cuando le dice que no es ninguno de los personajes que cita y que él no es un caballero andante sino el señor Quijana.
Cuando el vecino lo trae a su casa, allí encuentra al barbero, al cura, al ama y a la sobrina, quienes creen que don Quijote se ha vuelto loco por leer tantos libros y que deben quemar sus libros. Don Quijote les dice que viene mal herido, por lo que lo llevan a su cama. El vecino les cuenta el estado en que lo encontró y los disparates que decía.


REFLEXIÓN: a veces leer a aumenta el conocimiento pero, sin embargo, algunas veces daña toda la realidad que conocemos. leer es bueno pero en cantidades necesarias.






domingo, 22 de marzo de 2015

USOS DE LA COMA


para mejorar hay que practicar... ¡ÁNIMOS!
BIENVENIDOS AMIGOS 


Nos vamos a divertir descubriendo cosas interesantes y muy útiles tanto para ti como para mi.

les doy la bienvenida a SUSANABLOGS :D